La marcha de las juventudes políticas en repudio al golpe en Chile, una iniciativa pluripartidaria

La marcha de las juventudes políticas en repudio al golpe en Chile, una iniciativa pluripartidaria

Por Martín Piqué – El domingo 16 de septiembre de 1973, cinco días después del derrocamiento y muerte de Salvador Allende, una manifestación que la Policía Federal estimó en 100.000 personas y los organizadores en el doble se movilizó en Buenos Aires en repudio al golpe, en una protesta organizada por las Juventudes Políticas Argentinas que llegó hasta la sede de la embajada chilena, en Tagle y Figueroa Alcorta, cuando las columnas aún marchaban desde el Congreso. (Télam) (Foto: Pepe Mateos)

Fue una protesta que atravesó la zona más acomodada de la ciudad en las penumbras de la noche, con banderas, antorchas y cartelones con el rostro de Allende, pero la particularidad que aún recuerdan quienes formaron parte de la caminata por las avenidas Callao y Las Heras fue la convergencia de casi todo el arco político en su organización, con las juventudes del peronismo, la UCR y el PC en un rol más visible.

Entre la multitud que durante cinco horas coreó consignas como “Allende no ha muerto, el pueblo está despierto” estaban la peronista Marcela Durrieu, quien marchó en la columna de la Jotapé detrás de la cabecera que había sido reservada a chilenos residentes en Buenos Aires, como también el radical Federico Storani, por entonces miembro de la Junta Coordinadora Nacional del radicalismo.

Durrieu y Storani, quienes años después llegarían al Congreso por el PJ y la UCR, destacaron en una entrevista con Télam que aquella convocatoria a repudiar el golpe de Augusto Pinochet mostró que los partidos políticos argentinos -con la única excepción de Nueva Fuerza, derecha liberal- podían acordar iniciativas transversalmente cuando estaban en juego prioridades como la ruptura de la institucionalidad democrática.

Para la juventud argentina, además, la experiencia de la vía política al socialismo encarnada por Allende había significado un impacto muy fuerte ya desde la asunción presidencial del 3 de noviembre de 1970, una jornada que se vivió como un acontecimiento histórico en toda América latina.

Para ilustrar un proceso que era masivo, Durrieu contó a esta agencia que tras la victoria de la Unidad Popular ella decidió viajar “a dedo” hasta Santiago de Chile “con un grupito de compañeros”, para presenciar lo que pasaba en las calles de la capital trasandina y “festejar que Allende había ganado las elecciones”.

“Nuestro refugio era un local de los artistas plásticos de la Unidad Popular, donde dormíamos todas las noches con la bolsa de dormir. Estaba todo Santiago pintado con murales, por las noches tocaban bocinas. Realmente había una alegría que no me voy a olvidar nunca más”, revivió Durrieu, que en los ’70 formó parte de las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y décadas más tarde sería diputada nacional.

Storani, en tanto, planteó que el proceso chileno había abierto un “desafío” en el plano ideológico para el campo progresista, nacional-popular y de izquierda, porque Allende, asesorado por el teórico catalán Joan Garcés, proponía establecer “la vía pacífica al socialismo, la vía pacífica”.

Eso implicaba, siguió Storani, “un cuestionamiento a las experiencias frustrantes y frustradas que se habían producido antes, por la vía violenta”.

El dirigente radical, quien durante la gestión de Raúl Alfonsín encabezaría la comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara baja y en el bienio 1999-2001 sería ministro del Interior de Fernando De la Rúa, siguió de cerca aquel debate.

En ese sentido, afirmó que en la Juventud Radical defendían “abiertamente” los planteos de Allende en contraste con las posiciones más intransigentes, representadas por el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) o por otros dirigentes del Partido Socialista trasandino como Carlos Altamirano, quien, dijo, “cuestionaba algunas de las políticas de Allende desde adentro”.

Cuando Durrieu, Storani y muchísimos otros marcharon aquel domingo 16 de septiembre de 1973, en las veinte cuadras de columnas “compactas” -según la crónica que Clarín publicó al día siguiente- lo que predominaba era la indignación y el temor por lo que el golpe presagiaba para toda América Latina, pero no había sorpresa.

Al recordar esa sensación, difícil de conceptualizar por el vértigo de los acontecimientos, Durrieu describió que a partir del 11 de septiembre la militancia comenzó a intuir “que (el derrocamiento de Allende) era el comienzo de lo que iba a pasar posteriormente, inclusive en nuestro país”.

“El golpe en Chile impactó en la Argentina de dos maneras. Por un lado, diciendo ‘bueno, efectivamente, la salida democrática no es posible’. Eso empujó a muchos a radicalizarse. Pero al mismo tiempo, y a pesar de diferencias que a veces terminaban a los golpes, fuimos capaces de juntarnos”, valoró la exlegisladora al recordar la convocatoria conjunta de las juventudes políticas.

Para Storani, uno de los factores que aceleró el golpe contra Allende fue el resultado de las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, en las que la Unidad Popular incrementó sus votos respecto de las presidenciales y amplió su representación parlamentaria; el arco opositor había intentado -sin éxito- reunir dos tercios del Congreso para forzar una destitución.

“En las parlamentarias, Allende tuvo un paso de legitimación y eso, justamente, precipita el golpe de Estado. Porque se pensaba que el apoyo popular iba a ir creciendo, no disminuyendo, por las medidas tomadas”, subrayó el abogado y dirigente histórico de la UCR.

Consumado ya el golpe, con el Palacio de La Moneda bombardeado y la noticia de la muerte de Allende en la portada de los diarios del mundo, distintas fuerzas partidarias de la Argentina empezaron a contactarse con los partidos chilenos que formaban parte de la coalición que acompañó a Allende en su experiencia de gobierno.

Así, mientras el Partido Comunista argentino buscaba salvar vidas entre sus pares del PC chileno, los jóvenes de la UCR intentaban hacer lo mismo con los miembros del Partido Radical Socialdemócrata, con el que tenían afinidades ideológicas.

Fueron solo algunas de las innumerables muestras de solidaridad de la Argentina, el primer destino de la masa de exiliados que buscó cruzar la cordillera para huir del exterminio pinochetista.

Storani, al revivir el clima de aquellos días, contó que un chileno amigo suyo, Ricardo Navarrete, que había sido funcionario de Allende y mucho después sería electo senador, entró al país y permaneció por un tiempo “en lo que eran las casas de refugio de la Coordinadora”.

“Me junté con él hace poco, no lo veía hace cuarenta años”, confió el exlegislador, y agregó que por los canales alternativos de comunicación que había con Chile la militancia política de la Argentina se enteró casi inmediatamente del “desenlace trágico y tremendo” del golpe.

Información detallada sobre el “Estadio (de Santiago) lleno de presos, la represión y la matanza”, amplió Storani, circulaba a las pocas horas en Buenos Aires.

Aquella enorme movilización del 16 de septiembre hacia la embajada chilena, organizada por casi todas las fuerzas partidarias y de la que también participaron la Democracia Cristiana, el desarrollismo del MID y el Partido Intransigente (PI), es recordada como un ensayo tentativo de lo que pudo haber sido “un acuerdo de unidad nacional”.

Sobre aquel episodio pocas veces visto en la historia argentina, Durrieu estimó que puede servir como inspiración para impulsar nuevas convocatorias, para construir coaliciones muy amplias en el presente.

“Nosotros, hoy, tenemos que hacer un esfuerzo para consolidar de nuevo algo parecido a un acuerdo de unidad nacional y de defensa de lo que hemos defendido históricamente”, exhortó al comparar aquella coyuntura con el dilema al que se enfrenta el país a partir de la irrupción del candidato ultraliberal Javier Milei.

Con un diagnóstico similar, Storani relativizó el “mito del resultado exitoso de la dictadura militar chilena en su gestión de la economía”, a raíz de lo que definió como una “dependencia total de una monoactividad, que es la minería y principalmente el cobre”.

Luego advirtió que las ideas del neoliberalismo autoritario que Pinochet impuso en Chile a través de la violencia -y que parecen inspirar a Milei- están hoy en el centro de los debates de la Argentina.

“En el país se está debatiendo la aplicación de versiones extremas del neoliberalismo como salidas ante el estancamiento”, alertó.

“Lo de Milei es lo más anacrónico que se ha escuchado en los últimos tiempos, porque se inspira en la escuela (de economía) austríaca, que es bastante antigua y es desdeñada por muchos desde el punto de vista de la implementación. Por otro lado, el decálogo de privatizaciones y flexibilización laboral es una receta antigua, tenemos que optar por caminos alternativos”, insistió.

Por último, al traer al presente el debate sobre el neoliberalismo en su lógica más recargada -cuyo nacimiento algunos historiadores ubican en el Chile de Pinochet-, Storani aconsejó “llegar a acuerdos políticos que impliquen ampliar la base de sustentación para enfrentar una crisis que es muy profunda y prolongada en el tiempo”.

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